No entendemos nada.
Nos sorprenden en los actos y, aunque no apelen directamente a nosotros, no sabemos dónde esconder la cabeza.
Vemos
friends y no entendemos cómo es que el mundo no está lleno de conejos hechos de medias y de bailarines frustrados que se aprenden la coreo de
Ross y Mónica para conquistar a su media naranja.
No entendemos nada.
Y somos cursis, también, o así nos llaman. Pero, viejo, cómo puede ser que no se den cuenta de que es mucho más lindo andar en
patineta que en
skate y que un plan de sábado digno de
serlo tiene lugar, seguro, en lo de alguna abuela golosa con empanadas y trampa al
tutti frutti included.
Seguimos sin entender un corno.
Todavía no podemos entender al gordo
Gómez que nos la tiene jurada desde hace meses. Por supuesto, ni jota le entendemos a "masita", su fiel colaborador.
No sabemos por qué lloramos, pero lloramos mucho. No sabemos por qué nos ponemos nerviosos, pero estallamos a cada rato. No sabemos por qué la gente no entiende que la libertad es un gol de Pavone y que una sartén de
teflón arruinada por la
virulana es una de las cosas más románticas de la historia.
No entendemos nada.
Seguro seguimos sin entender por mucho tiempo, pero al menos no estamos solos.